jueves, 20 de abril de 2017

#19A Desde la distancia...

Fotografía de Leo Álvarez
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La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.
Milan Kundera

Como siempre que mi país es víctima de violaciones, vuelvo a este pequeño espacio, abandonado por mi falta de constancia. Nuevamente me toca presenciar la masacre desde la distancia por razones insustanciales y, quizás por ese motivo, no sea la mejor para dirigirme a quien sea que lea estas líneas; pero, aun así, lo haré porque todos tenemos cosas por dentro consumiéndonos.

Durante aproximadamente cinco años he sufrido muchas decepciones políticas. Para quienes se han encontrado con mis entradas anteriores sabrán que hace mucho dejé de creerle a la MUD y que jamás he sido partidaria del oficialismo; tampoco he sido miembro activo de los movimientos estudiantiles ni me he amalgamado a protesta alguna. Más que indiferencia –porque sigue doliéndome, por favor– me acostumbré a sentir resignación; vivir en un estado (con minúscula) delincuente destruye incluso las más tiernas ilusiones. Pueden juzgarme abiertamente si lo desean, algunos no somos tan valientes como para sobreponernos a la realidad.

Obviando las excusas, yo decidí mantenerme en silencio hasta ahora porque para criticar siempre es necesario tener bases sólidas, ser parte de la solución en vez de aportar más elementos negativos. No obstante, sigo observando.

Hace un par de días –o semanas, perdí la noción del tiempo– tuve un roce ligero con un profesor de la universidad porque confesé, quizás imprudentemente, que los tiempos que corren nos hacen pensar en atrocidades. Porque, siendo honestos, ¿cuántos no creemos que en este país absurdo está muriéndose la gente equivocada? Aquí se asesina al estudiante que regresa a casa, fallece el enfermo por la ausencia de asistencia médica, padecen las familias ante la falta de recursos para completar la comida del día… Mientras bestias vestidas como hombres mienten descaradamente, aniquilan el Estado de Derecho y ordenan –desde los medios de comunicación autocensurados– maltratar despiadadamente a quienes intentan oponérseles.

Nos educan para que seamos seres razonables, para que velemos por el otro e impulsemos la creación de sociedades útiles, pacíficas, idóneas; pero nadie nos prepara para recibir el odio irracional del “hermano” –defensor de ideales, amante del poder o pobre ignorante– desea aniquilarnos a punta de insultos y gas lacrimógeno. Nos piden control, pero vivimos presas del miedo, la rabia y la tristeza.

Ayer presenciamos el acostumbrado panorama: muertos, represión y voluntad insatisfecha. Ayer asesinaron a ocho personas, atacaron violentamente a seis millones de manifestantes y se burlaron de docenas de hombres y mujeres que para sobrevivir tuvieron que hundirse en lo más pútrido de la ciudad. Ayer el presidente de la República festejó en plena cadena nacional cuán fácil le resultó callar al 80% del país. Ese ayer se repitió hoy, pronosticando un ciclo trágico e incierto, obligándonos a preguntar: ¿y mañana qué?

Veo con preocupación y recelo a una oposición que aclama “elecciones, elecciones ya” cuando a su alrededor los venezolanos se remueven inquietos e incómodos; particularmente, me suena insuficiente para un país que ya ha sacrificado demasiado. Hay mucha confusión, visualizar un futuro a estas alturas suena hasta irreal. Y la falta de un plan solo causa desastres mayores porque la desorientación ha convertido el regreso de la inútil rutina algo más aterrador que violenta opresión.


Hoy me siento más impotente que nunca. Sé que no soy la única; independientemente del lugar desde el cual participemos o presenciemos los hechos… una parte desconocida de nosotros se despierta ante esa sensación de futilidad. Señores, aquel que sale calle a defender sus derechos y regresa a casa sintiendo que aún no lo ha dado todo… mañana será libre para realizar cualquier cosa. Y cuando lo haga… yo espero que no tengamos que preguntarnos qué pasará después con los pedazos de este agónico país.


ANEXO