viernes, 21 de abril de 2017

Un estudiante de la Escuela de Economía

Gracias a Verónica Regardiz, Presidenta Adjunta de Gestión Economía UCV, comparto las siguientes líneas, en las cuales reposa el corazón de una Escuela y el sentir de un nuevo país.

Dedicado a Carlos José Moreno Barón

Había sonado la hora para toda aquella juventud que soñaba con las grandes acciones.
Las lanzas coloradas, Arturo Uslar Pietri

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Carlos, escogimos la misma carrera, decidimos, además, estudiarla en el mismo sitio, formarnos bajo los mismo valores y bajo la tutela de los mismo profesores.

Pero más importante aún, ambos soñamos con una Venezuela libre, con oportunidades, con futuro. Donde nuestros paisanos no tengan que morir en salas de espera de hospitales por falta de insumos o comer de la basura, donde la gente no tenga que lanzarse a uno de los ríos más contaminados del mundo para evitar la tortura de las fuerzas del estado, donde el dinero alcance y donde podamos ejercer nuestra profesión y formar una familia.

Por eso, salimos a la calle hoy, pero tú no volviste a casa. Lamentablemente no verás ese país de tus sueños, por eso decidí mañana vestir de negro en tu honor, y no dejar las calles, no abandonar nuestra lucha. 

Y Carlos, que en paz descanse tu alma.



Un estudiante de la Escuela de Economía

Dos pies, el orgullo herido y una bandera rota


Primero que nada, estoy bien físicamente. Emocionalmente, no tanto. Hoy experimenté más emociones que en los 22 años de vida que tengo. He ido a muchas marchas, entre ellas incluyendo el día que mataron a Bassil Da Costa aquel 12 de febrero de 2014. Estando allí cuando se escucharon los primeros disparos, y corriendo y cayéndome al suelo para salvar mi vida. Hoy, sin embargo puedo decir que no corrí, caminé. Me aposté a pasos de las tanquetas y así como nos reprimían, así dábamos un paso adelante y uno atrás. Entre saltos esquivando bombas, y escuchando ruidos aterradores, caminé, y caminé y caminé, y me sentí impotente, me llené de rabia pero no sabía qué decir, porque con decir no hacía nada. Mientras caminaba había gente desmayándose a mi alrededor porque el olor de las bombas es muy arrecho. La sensación que quema tu piel, es algo que realmente no puedo, no sé describir. Decir que tengo más bolas que muchos en este país, no. No quiero decir eso, porque si algo experimenté hoy fue miedo. Miedo del malo, del que te paraliza, del que te asusta y no sabes qué hacer, para dónde agarrar o cómo reaccionar ante tanto caos. Y mientras reflexiono todo lo que viví hoy, muchos chamos como yo están ahí afuera aún, defendiendo su libertad. Mientras escribo esto, me tiemblan las piernas y las manos porque quisiera decir que hubo algo más, que yo también sucumbí a la violencia, y ataque, pero no lo hice. No lo hice. Y me da vergüenza sentirme así.

Una experiencia más de una venezolana cualquiera

Pasaba la resaca de una noche agitada, soñando en brazos del amor (bálsamo en estos tiempos de guerra) cuando vibra el teléfono de mi pareja en la mesa de noche. Me despierto agitada y aturdida aún por los vestigios del vino (¡Dulce evasión!). Mi acompañante se levanta con resignación a contestar la llamada.
-Hola, sí, ya te la paso.
No me dice nada, solo me muestra el número que aparece en la pantalla.
De pronto siento un golpe en el pecho, fuerte y desgarrador. Era mi hermana. Ella y mi padre, dos de las personas más importantes de mi vida, habían decidido el día anterior ir a protestar en la concentración que tenía lugar en Plaza la Estrella.
-Aló, ¿Qué pasó?
-Gabriela-dice mi hermana, con la respiración entrecortada y la voz temblorosa- están disparando, mataron a alguien… El muchacho, no sabemos… Estoy aquí encerrada en la parte de abajo del edificio. Papá está muy mal, creo que se le subió la tensión.
Me incorporo violentamente de la cama y comienza mi cabeza a maquinar las peores imágenes posibles. Mi pareja me mira, preocupado. Comienza a salir de mi boca una cascada de palabras vulgares, que ni yo misma entiendo.
-¡No salgan más, Cristina! Por Dios, no salgan más. ¡Qué cagada! Yo sabía que no dejarían que una protesta se llevara a cabo en el Oeste de Caracas, ¡Hay demasiados colectivos! Quédate ahí, por el amor de Dios, no te separes de la tía.
Por favor, hermana mía, no te expongas más. No podría soportar la idea de perderte, de perderte en vano por culpa de un gobierno que ha robado tu futuro. Sin embargo, entiendo tu rabia y tu ansiedad. Ahora mismo, tengo más ganas que nunca de volver a la calle y de enfrentar este miedo que corroe mis entrañas.

jueves, 20 de abril de 2017

19A

Fotografía de Víctor Márquez
Arden las calles de 23 estados. Arden tanquetas en San Antonio. Arden guardias nacionales, por culpa de “molotovs”. Arden miles de gargantas, miles de ojos, miles de narices; miles de estómagos por el hambre. Pero más importante, arden corazones. Arden de impotencia, de arrechera, de dolor. Arden por Carlos José Moreno, por Bassil Da Costa. Aún.
Hoy 19 de abril, por primera vez en mi vida, como el chamo del reportaje de Prodavinci, salí a marchar. No voy a decir que salí a marchar para defender lo indefendible, no voy a decir que salí a defenderte a ti, a tus hijos, ni siquiera para defenderme a mí. Fui principalmente para drenar un poco; para, al igual que los demás, volcar mi impotencia en una caminata. Caminé con cientos de miles desde Chacao hasta El Rosal, por la autopista Francisco Fajardo. Vi a los heridos y sentí el ardor del gas cuando la comisión de Primeros Auxilios me pasó por un lado.
Estando aproximadamente a veinte metros del “piquete” de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) se comenzó a sentir el gas, se comenzó a ver el humo, se apersonó el miedo, burlón y abusador. La arremetida, quizá la séptima, quizá la vigésima, fue brutal. Al menos diez cartuchos lacrimógenos volaron contra los manifestantes. Al momento de replegarse pasó lo que, quizá, nunca esperé. Teníamos rato escuchando que los mismos manifestantes gritaban “quién se devuelva es chavista”, “si te devuelves eres un traidor” y cosas por el estilo. Pero cuando tocó replegarse por la inmensa cantidad de gas una parte de la misma marcha se plantó, impidiendo la retirada de heridos y asfixiados, mientras gritaban improperios. Jamás había experimentado tanto miedo. Ver a la gente convertirse en lo que tanto critican, verlos impedir el rescate de sus “hermanos opositores”. Ver que no razonaban, que no entendían.
La gente, ante el bloqueo de sus conciudadanos y las repetidas arremetidas de la guardia, decidió saltar un muro de al menos cuatro metros. Sí señores, la gente decidió recurrir al Guaire como una “buena” opción. Ah pues, si yo fui uno. La consecuencia: deberíamos inyectarnos Toxoide, una vacuna contra la inmundicia de ese baño gigantesco que atraviesa la ciudad.

Jamás he sido optimista, nunca lo he querido. Hoy, lamentándolo mucho, llegué a una conclusión a la que no quería llegar. Este país tiene muy pocas posibilidades de cambiar pronto. Muy pocas desde el momento en que los marchantes deciden entorpecer la labor de primeros auxilios y tachar a todo el que se devuelva de “chavista traidor”. Muy pocas desde que la gente crítica las políticas alimenticias y luego va corriendo por su "Carmet de la patria".

Víctor Márquez

#19A Desde la distancia...

Fotografía de Leo Álvarez
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La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.
Milan Kundera

Como siempre que mi país es víctima de violaciones, vuelvo a este pequeño espacio, abandonado por mi falta de constancia. Nuevamente me toca presenciar la masacre desde la distancia por razones insustanciales y, quizás por ese motivo, no sea la mejor para dirigirme a quien sea que lea estas líneas; pero, aun así, lo haré porque todos tenemos cosas por dentro consumiéndonos.

Durante aproximadamente cinco años he sufrido muchas decepciones políticas. Para quienes se han encontrado con mis entradas anteriores sabrán que hace mucho dejé de creerle a la MUD y que jamás he sido partidaria del oficialismo; tampoco he sido miembro activo de los movimientos estudiantiles ni me he amalgamado a protesta alguna. Más que indiferencia –porque sigue doliéndome, por favor– me acostumbré a sentir resignación; vivir en un estado (con minúscula) delincuente destruye incluso las más tiernas ilusiones. Pueden juzgarme abiertamente si lo desean, algunos no somos tan valientes como para sobreponernos a la realidad.

Obviando las excusas, yo decidí mantenerme en silencio hasta ahora porque para criticar siempre es necesario tener bases sólidas, ser parte de la solución en vez de aportar más elementos negativos. No obstante, sigo observando.

Hace un par de días –o semanas, perdí la noción del tiempo– tuve un roce ligero con un profesor de la universidad porque confesé, quizás imprudentemente, que los tiempos que corren nos hacen pensar en atrocidades. Porque, siendo honestos, ¿cuántos no creemos que en este país absurdo está muriéndose la gente equivocada? Aquí se asesina al estudiante que regresa a casa, fallece el enfermo por la ausencia de asistencia médica, padecen las familias ante la falta de recursos para completar la comida del día… Mientras bestias vestidas como hombres mienten descaradamente, aniquilan el Estado de Derecho y ordenan –desde los medios de comunicación autocensurados– maltratar despiadadamente a quienes intentan oponérseles.

Nos educan para que seamos seres razonables, para que velemos por el otro e impulsemos la creación de sociedades útiles, pacíficas, idóneas; pero nadie nos prepara para recibir el odio irracional del “hermano” –defensor de ideales, amante del poder o pobre ignorante– desea aniquilarnos a punta de insultos y gas lacrimógeno. Nos piden control, pero vivimos presas del miedo, la rabia y la tristeza.

Ayer presenciamos el acostumbrado panorama: muertos, represión y voluntad insatisfecha. Ayer asesinaron a ocho personas, atacaron violentamente a seis millones de manifestantes y se burlaron de docenas de hombres y mujeres que para sobrevivir tuvieron que hundirse en lo más pútrido de la ciudad. Ayer el presidente de la República festejó en plena cadena nacional cuán fácil le resultó callar al 80% del país. Ese ayer se repitió hoy, pronosticando un ciclo trágico e incierto, obligándonos a preguntar: ¿y mañana qué?

Veo con preocupación y recelo a una oposición que aclama “elecciones, elecciones ya” cuando a su alrededor los venezolanos se remueven inquietos e incómodos; particularmente, me suena insuficiente para un país que ya ha sacrificado demasiado. Hay mucha confusión, visualizar un futuro a estas alturas suena hasta irreal. Y la falta de un plan solo causa desastres mayores porque la desorientación ha convertido el regreso de la inútil rutina algo más aterrador que violenta opresión.


Hoy me siento más impotente que nunca. Sé que no soy la única; independientemente del lugar desde el cual participemos o presenciemos los hechos… una parte desconocida de nosotros se despierta ante esa sensación de futilidad. Señores, aquel que sale calle a defender sus derechos y regresa a casa sintiendo que aún no lo ha dado todo… mañana será libre para realizar cualquier cosa. Y cuando lo haga… yo espero que no tengamos que preguntarnos qué pasará después con los pedazos de este agónico país.


ANEXO