viernes, 21 de abril de 2017

Dos pies, el orgullo herido y una bandera rota


Primero que nada, estoy bien físicamente. Emocionalmente, no tanto. Hoy experimenté más emociones que en los 22 años de vida que tengo. He ido a muchas marchas, entre ellas incluyendo el día que mataron a Bassil Da Costa aquel 12 de febrero de 2014. Estando allí cuando se escucharon los primeros disparos, y corriendo y cayéndome al suelo para salvar mi vida. Hoy, sin embargo puedo decir que no corrí, caminé. Me aposté a pasos de las tanquetas y así como nos reprimían, así dábamos un paso adelante y uno atrás. Entre saltos esquivando bombas, y escuchando ruidos aterradores, caminé, y caminé y caminé, y me sentí impotente, me llené de rabia pero no sabía qué decir, porque con decir no hacía nada. Mientras caminaba había gente desmayándose a mi alrededor porque el olor de las bombas es muy arrecho. La sensación que quema tu piel, es algo que realmente no puedo, no sé describir. Decir que tengo más bolas que muchos en este país, no. No quiero decir eso, porque si algo experimenté hoy fue miedo. Miedo del malo, del que te paraliza, del que te asusta y no sabes qué hacer, para dónde agarrar o cómo reaccionar ante tanto caos. Y mientras reflexiono todo lo que viví hoy, muchos chamos como yo están ahí afuera aún, defendiendo su libertad. Mientras escribo esto, me tiemblan las piernas y las manos porque quisiera decir que hubo algo más, que yo también sucumbí a la violencia, y ataque, pero no lo hice. No lo hice. Y me da vergüenza sentirme así.

Pero ante todo el caos, y los heridos, y las protestas, y la necesidad, quiero que el que me lea sepa que el ambiente de ridiculez al que estamos acostumbrados en todas las marchas hoy no estaba presente. Hoy no hubo cánticos, ni felicidad en los rostros de muchos, hoy no hubo huidas, hoy hubo dolor, rabia, mucha molestia. Y un pueblo sin armas, sin ningún método de defensa más que su voz, y su presencia.

Y a esos Guardias hijos de puta, porque no tienen otro nombre, a esos que lanzaban bombas desde los edificios, que no les importaba si algún familiar suyo había ahí. A esos les digo que su momento les va a llegar.

Pero por favor, con miedo o sin miedo, no se rindan. No vuelvan a trabajar como si nada estuviera pasando, no vuelvan a estudiar como si nada estuviera pasando. No esperen convocaciones, de verdad es ahora o es nunca. La libertad toma tiempo, y tiempo tenemos. Y ganas también.

¡Gloria al Bravo Pueblo! ¡Viva Venezuela!


Claudia A. Ciaffaglione Fedullo