viernes, 21 de abril de 2017

Una experiencia más de una venezolana cualquiera

Pasaba la resaca de una noche agitada, soñando en brazos del amor (bálsamo en estos tiempos de guerra) cuando vibra el teléfono de mi pareja en la mesa de noche. Me despierto agitada y aturdida aún por los vestigios del vino (¡Dulce evasión!). Mi acompañante se levanta con resignación a contestar la llamada.
-Hola, sí, ya te la paso.
No me dice nada, solo me muestra el número que aparece en la pantalla.
De pronto siento un golpe en el pecho, fuerte y desgarrador. Era mi hermana. Ella y mi padre, dos de las personas más importantes de mi vida, habían decidido el día anterior ir a protestar en la concentración que tenía lugar en Plaza la Estrella.
-Aló, ¿Qué pasó?
-Gabriela-dice mi hermana, con la respiración entrecortada y la voz temblorosa- están disparando, mataron a alguien… El muchacho, no sabemos… Estoy aquí encerrada en la parte de abajo del edificio. Papá está muy mal, creo que se le subió la tensión.
Me incorporo violentamente de la cama y comienza mi cabeza a maquinar las peores imágenes posibles. Mi pareja me mira, preocupado. Comienza a salir de mi boca una cascada de palabras vulgares, que ni yo misma entiendo.
-¡No salgan más, Cristina! Por Dios, no salgan más. ¡Qué cagada! Yo sabía que no dejarían que una protesta se llevara a cabo en el Oeste de Caracas, ¡Hay demasiados colectivos! Quédate ahí, por el amor de Dios, no te separes de la tía.
Por favor, hermana mía, no te expongas más. No podría soportar la idea de perderte, de perderte en vano por culpa de un gobierno que ha robado tu futuro. Sin embargo, entiendo tu rabia y tu ansiedad. Ahora mismo, tengo más ganas que nunca de volver a la calle y de enfrentar este miedo que corroe mis entrañas.

¡Qué dolor tan profundo! Imagino el llanto de la madre del joven Carlos, el dolor más grande que cualquier ser humano puede experimentar en la tierra; aquel de ver morir a tu hijo, a tu padre, a tu hermano o a tu amante en manos de viles asesinos, sabiendo de antemano que no habrá justicia para ese acto tan atroz y que, para rematar, el gobierno lo negará todo; incluso manchará la memoria del fallecido negando la naturaleza de su pérdida.
Temo no poder regresar a mi casa esa noche, por lo que espero a que las cosas se calmen un poco (vano intento). Por suerte, llego a mi edificio sin mayores contratiempos, a pesar de que las calles a esa hora siguen llenas de gente todavía ¡Gente que arde, sufre y espera! ¡Esperar, siempre esperando! Qué terrible actúa la esperanza en los hombres, que nutre sus corazones aún en los mayores momentos de resignación.
Cae la noche y siguen las protestas. Han muerto dos jóvenes hasta el momento. Ni un solo canal nacional propicia información a los televidentes sobre lo que tiene convulsionado al país. Sin embargo, la estación de Radio Caracas Radio se mantiene activa. Escuchamos la radio, esperamos, esperamos… Ni la mente ni el corazón nos permiten consuelo, la realidad hoy es demasiado fuerte como para poder evadirse en los libros o en el piano. Así, entre la impotencia, las noticias publicadas en Twitter y el sonido abrumador de las cacerolas, pasamos otra noche más los venezolanos.
El ambiente al día siguiente es tenso. Se respira en el aire la preocupación de cada uno de los que habitamos en este pedazo de tierra. Salgo a las calles de la Candelaria y solo observo, observo y espero, como de costumbre: la señora de las empanadas habla con un cliente sobre los presuntos saqueos que han ocurrido a nivel nacional, la señora parece consternada por la realidad, le preocupa su hija, que está en quinto año de bachillerato.
En el mercadito ha llegado leche en polvo, ¡Qué emoción! Pensaban aquellos que la veían colocada en el estante. Todos los que por ahí pasaban se horrorizaban con el nuevo precio del producto. ¡17mil bolívares! “¿Quién coño e’ madre puede pagar eso?” Nada más el presidente de la República, será.
Todas las señoras que hacen la cola para pagar los pocos vegetales que llevan (todavía lo más económico) están hablando de lo ocurrido anoche. Nadie sonríe, nadie está feliz; si hay sonrisas, son solo llenas de sarcasmo y resignación. Ha llegado el aceite de oliva, varias personas se acercan para ver el precio (yo ni lo intento) y exclaman “¡Qué barbaridad! ¡47mil bolívares! ¡Dios mío!” Una de las señoras se queda viendo el aceite de cerca y suspira, la escucho murmurar: “ummm, qué rico, qué rico era.”
Entran unos policías al establecimiento y no puedo ocultar mi cara de asco. Los odio, siento un odio que nace en mis entrañas, ahí mismo donde se refugia el miedo. Siento que es tan grave mi repulsión, que ellos son capaces de percibirla a través de mi quemante mirada (no solo la mía, sino la de miles). Seguramente venían de reprimir la pequeña protesta que se estaba gestando en San Bernardino, la cual estaba compuesta en su mayoría por personas mayores. La pude presenciar de manera directa y vi el momento en el que sacaban las armas para amedrentar al pueblo…
Veo tantos rostros preocupados, tantos precios elevados, tanta escasez de comida a mi alrededor que comienzo a marearme. Me siento mal, quiero ahí mismo gritar a los cuatro vientos mi desprecio hacia el gobierno, quiero llorar, patear, incluso por mi mente pasa la imagen de mis manos hiriendo a algunos de los dirigentes oficialistas. Nunca me he considerado una persona violenta, más bien bohemia, aun así, quisiera hacerles daño y vengar las terribles muertes de nuestros muchachos. ¡En qué nos ha convertido este país!
Qué dolor tan profundo, qué espera tan agónica. ¡Esta tierra debe estar maldita! ¿Cómo es posible que este pueblo esté condenado a tantas innumerables desgracias? No me respondas, yo sé, yo sé la respuesta. Me dirás que siempre existe una relación entre los eventos y que estamos pagando los pecados de quienes nos precedieron, que Venezuela solo ha sido una serie de errores uno detrás del otro… No me respondas, yo lo sé, todos lo sabemos, aun así, cómo duele esta abrumante realidad, este futuro masacrado.

Por más que intentemos evadirnos en el día a día, ya sea con la universidad, el colegio, el trabajo, los amigos, las cervezas, el futbol, los libros, el teatro… Al final nuestra realidad venezolana siempre nos alcanza; al final del día, siempre terminamos por derramar unas cuantas lágrimas, para luego volver a empezar. Como diría Rómulo Gallegos: “¡Oh raza buena y noble, que ama, sufre y espera!”

Gabriela González Pena