martes, 12 de julio de 2016

Bienvenidos a Kansas


Argumento [Anagrama]
El 15 de noviembre de 1959, en un pueblecito de Kansas, los cuatro miembros de la familia Clutter fueron salvajemente asesinados en su casa. Los crímenes eran, aparentemente, inmotivados, y no se encontraron claves que permitieran identificar a los asesinos. Cinco años después, Dick Hickcock y Perry Smith fueron ahorcados como culpables de las muertes. A partir de estos hechos, y tras realizar largas y minuciosas investigaciones con los protagonistas reales de la historia, Truman Capote dio un vuelco a su carrera de narrador y escribió A sangre fría, la novela que le consagró definitivamente como uno de los grandes de la literatura norteamericana del siglo xx. (…)

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Cuesta un poco dilucidar las intenciones que tenía Truman Capote cuando escribió esta novela, principalmente por la manera como se relatan los hechos, que devela cierto interés personal por esclarecer no el homicidio de los Clutter, sino cómo funcionaba la mente de los asesinos. Este aspecto le sumó muchísimos puntos con los lectores y es imposible negarlo. Diversas personas afirman que A sangre fría (1966) es la obra fundacional del llamado “nuevo periodismo” y, aunque el término encaja muy bien, esta obra se puede considerar más un producto literario –ficcional– que un testimonio periodístico. Procederé a explicarme, pues sobre dicha base se sostiene para mí el sentido de toda la obra.

Tenemos en primer plano a una familia representante del sueño americano, al puro estilo de los años 50. La prosperidad abunda en la casita de los Clutter; sus miembros son la envidia y el deleite de una comunidad estadounidense muy tradicional enmarcada en un paisaje idílico y aislado. Herbert se asemeja a un mesías del medio oeste; se trata de un modelo propuesto para alcanzarse, un alma dedicada al trabajo humilde y dispuesta a perpetuar el legado del bien sobre el mal… Hasta que Dick y Perry se cruzan en su camino.

Sería imprudente detallar los pequeños problemas que revela el comportamiento cauteloso y taciturno de la familia (los leves indicios de locura de Bonnie, por mencionar algo) porque para el lector es necesario mantener la imagen impoluta que Capote se esforzó por recrear: una familia que irradia perfección se convierte con mayor facilidad en una reliquia intocable e impersonal, la contraposición ideal de dos seres antisociales, incapaces de integrarse correctamente al mundo.

La aparición de los homicidas –bañada con explicaciones extensas sobre el pasado y los motivos que podrían explicar el porqué de su actitud insensible, cruel y extravagante– es indudablemente el eje central de la obra; esta se plantea retratar al pecador en vez de servir de testimonio sobre el pecado cometido. Este chisme resulta más interesante ya que, en el fondo, eso es lo que nos atrae del crimen: ¿por qué una persona es capaz de matar? ¿Dónde están marcadas las pautas de lo correcto y lo incorrecto? ¿Qué hace al mal ser malo? 

Como no soy experta en la materia, no me extenderé en las posibles respuestas; es una serie de reflexiones personales que, cualquiera que lea la novela, deberá dilucidar en silencio mientras va pasando las páginas. Lo interesante de A sangre fría es que nos hace cuestionar nuestra forma de percibir a los demás e indagar si existe un trasfondo que explique todas nuestras acciones con coherencia.

Me gustaría hacer un análisis exhaustivo de Perry y Dick por separado y, sin embargo, veo más fructífero sintetizarlos en una unidad que se opone a un sistema masificado; la impulsividad de Dick y la racionalidad excesiva de Perry se complementan para aniquilar lo que ellos consideran –inconscientemente– el motivo de su desgracia. Los Clutter personifican un estado de la sociedad más que inalcanzable, son un modelo en el cual los asesinos no encajarán jamás; si los Clutter representan lo bueno, obligatoriamente su opuesto encarna lo malo.

La absurda resolución de cometer el asesinato perfecto, sin razón concreta, responde a una necesidad imperiosa de encajar en el papel asignado. La visión que se tiene de las víctimas, y lo dije anteriormente, es impersonal; son personas, pero debido a las diferentes condiciones de vida que comparten, tanto Perry como Dick no son capaces de concebirlas como tales. El límite está tan remarcado que es palpable; se trata de un Yo que se coloca por encima de un Tú/Ustedes, es decir, no hay reconocimiento del otro como parte de mi individualidad. Y esto acarrea la indiferencia y la insensibilidad materializada en una actitud narcisista por parte de los homicidas. Además, y resulta profundamente irónico, no es de extrañar el hambre enfermiza de Perry por ser parte de algo: quiere ser aceptado por Dick porque reconoce que es el “único” en su mismo nivel. Ambos son de naturaleza perversa, ambos son perros callejeros. Sin Dick, Perry está perdido. Sin Dick, Perry vuelve a encontrarse girando sobre sí mismo en busca de un sentido para su existencia.

Tengo la sensación de que Capote pretendía investigar este caso con ojo periodístico y que en el camino se topó con tantos elementos que, una vez escritos, acabaron cobrando vida propia en el papel. Hubo algo en la historia, quizás su cercanía con  Perry Edward Smith, que le exigió una nueva perspectiva. Holcomb se convirtió en el escenario de una tragedia real, vista desde la distancia como un suceso extraordinario digno de perpetuarse; y es ese enfoque ajeno y a la vez intimo lo que encasilla A sangre fría como un una joya tallada para exhibirse en los anaqueles de la literatura y no los titulares de un periódico en blanco y negro.


Definitivamente, deberían existir más libros de este estilo, donde la realidad se funde con la ficción y las personas de carne y hueso se convierten en grandes personajes literarios. Es una obra extraordinaria, un híbrido perfecto entre lo que consideramos real y lo que consideramos imaginario; es vida hecha literatura.