jueves, 14 de julio de 2016

El hombre mata aquello que ama




Argumento [La factoría de ideas]
El excepcional músico Drake Merlin se hace congelar junto a su esposa moribunda, Ana, con la esperanza de que el interés por sus estudios haga que le despierten en el futuro y pueda encontrar una cura para su amada. Cuando esto sucede, cinco siglos más tarde, Drake descubre que Ana aún no puede ser sanada, y emprende una apasionante carrera hacia el futuro despertando y congelándose en busca de la salvación de su esposa, atravesando el tiempo y hasta el espacio, desafiando las leyes físicas. Una emotiva y monumental historia escrita con una concisión y una garra pasmosas, repleta de ideas brillantes.

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Mi introducción a la ciencia ficción fue Asimov. Desde que leí Yo, Robot –y un par de cuentos– me convertí en una amante ferviente de todo lo que se asemeje remotamente; procuré continuar con La odisea del mañana (1997) porque la perspectiva de un amor futurista me tentaba demasiado. Si bien no me arrepiento de la elección, acotaré que esperaba cosas muy distintas.

Hay un paradigma en este género: viajes espaciales, robots, extraterrestres, realidades virtuales… el futuro ficcional siempre demuestra que la ciencia nos supera, limitando nuestro carácter creador, sensible y humano. La tecnología nos deja atrás porque, aunque los años pasan, seguimos planteándonos las mismas cosas que las primeras civilizaciones: ¿qué somos en realidad? La odisea del mañana resuelve el dilema de una manera muy sencilla: somos entidades involuntariamente destructivas, sometidas a las reglas de un cosmos ajeno; el universo actúa por cuenta propia al tiempo que nos esforzamos por comprenderlo.

La historia de la humanidad en esta novela se convierte en un relato fragmentado. La amplitud temporal –excesiva– solo se cohesiona por la presencia de un narrador que responde a su instinto más básico: la necesidad. Drake Merlin necesita a Anastasia para sobrevivir, pues sin ella la vida se convierte en una sinfonía disonante. Y es la idea de la búsqueda de una cura, de un final feliz, lo que realmente permite digerir el paso de los años dentro de la novela. Solo la empatía producida por el amor de un hombre nos hace creer en su peripecia.

No obstante, considero que la trama es un engaño. Primero que todo, ¿qué promueve el amor de Drake por Anastasia? Destaquemos un hecho: Ana fue congelada sin autorización, así que no es ella quien decide vivir sino Drake Merlin. Y afinco mi crítica en este minúsculo punto porque allí se encuentra el talón de Aquiles de La odisea del mañana, y es también lo más resaltante mi capítulo favorito: “Y aun así el hombre mata aquello que ama”.

Yacía serena en el tanque, pálida y en calma como una diosa de las nieves. Drake miró sus ojos nacarados, su piel de cristal lechoso, temeroso de abrir la tapa más que una rendija. Un vapor helado, más frío que el más glacial de los infiernos, surgía de su interior. Ante los ojos de Drake, se formó y congeló rocío sobre la capa superior. El cuerpo de Ana se desdibujó y emborronó, como una imagen vista a través de un cristal esmerilado.
En el pasaje citado, Drake abre el recipiente donde reposa el cuerpo congelado de su esposa; el escenario resulta abrumador: vomitado en un rincón del universo, aguardando en la soledad de una nave el paso veloz de los años, sucumbe ante el miedo y la angustia. Se encuentra a paso de salvar a Ana, pero necesita certificar su compañía. Tal vez este décimo capítulo sea uno de los más bellos y trágicos de toda la novela, pues nos lleva a entender el corazón del protagonista: audaz e ingenioso, Drake Merlin es solo un hombre cegado por un deseo que lo lleva a tomar riesgos sin considerar las posteriores consecuencias.

Cual Ulises en pleno viaje o cual Edipo ante la esfinge, el protagonista se cree capaz de sortear inclusive el mismo infierno, fijado en la estrella Canopus. Por ello,  no sería insólito conectar la inspiración de Charles Sheffield con el mito de Orfeo y Eurídice: un hombre bendecido por las musas que le ha entregado el corazón a una sola mujer y se dispone a sacrificar cualquier cosa.

Él, no la enfermedad, había matado a Ana. Como el Orfeo de las antiguas leyendas, había perseguido a su Eurídice a través del infierno (…) igual que Orfeo en el Hades había encontrado a su amada y la había devuelto a la vida. La había mirado, como Orfeo; y al mirarla la había perdido.
La fragilidad de Drake recrea la fragilidad humana. La negación ante la muerte de lo que se ama deriva en la autodestrucción; independientemente del desenlace de la novela, lo cierto es que Drake Merlin necesita ver cómo Ana se desvanece ante sus ojos para madurar y continuar la travesía. Cabe destacarlo porque Drake, hasta ese preciso instante, se enajena de las leyes, la naturaleza, el tiempo… Del mundo en sí, poniéndose por encima de él y empeñado en crear su propia realidad.
No sabría si calificarla como una buena novela de ciencia ficción, pero si podría decir que es una buena novela para recomendar. La personalidad casi poética del protagonista de La odisea del mañana es una garantía de éxito, ya que la mayoría puede identificarse con él. En la vida siempre procuramos preservar aquello bueno y bello que, azarosamente, se atraviesa en nuestro camino: recuerdos, palabras, minutos, sensaciones… La profundidad de esta novela solo se equipara al hambre insaciable del espíritu romántico, herencia del siglo XIX, que nos seguirá consumiendo hasta que (algún) Escatón intervenga.

Referencia

Sheffield, Charles. La odisea del mañana. Madrid: La factoría de ideas, 2005.