sábado, 6 de febrero de 2016

Tartufo / El enfermo imaginario



Me gusta la comedia de Molière. Una de las cosas maravillosas que tiene es que presenta personajes muy comunes, muy simples, muy divertidos. La trama de El enfermo imaginario es igual que la de Tartufo, no tiene complicación alguna: hay un protagonista egoísta ensimismado en su propia fantasía. Aunque la fecha de publicación distancia a Tartufo de El enfermo imaginario con, por lo menos, diez años no significa que su esencia sea muy distinta. Lo cierto es que en ambas tratamos con dos impostores (Argan; Tartufo), quienes son fácilmente comparables al Sol de un microsistema donde los planetas rotan en torno a él.

La temática de ambas comedias despierta la polémica porque acusa jocosamente a dos partes de la sociedad francesa del siglo XVII: los médicos y los –falsos– devotos. Curiosa coincidencia: se trata de las entidades que, en teoría, se ocupan de preservar la integridad del ser humano: el cuerpo y el espíritu, respectivamente.

Como soy parte de una familia dedicada a la medicina y mis padres me heredaron una ambigua devoción católica, no profundizaré demasiado al respecto sobre cuánta hipocresía exigen ambos oficios; para mí, lo más destacable de Tartufo y Argán no es su capacidad de fingimiento sino el efecto que producen en quienes los circundan.  

El impostor aviva la llama de ambición en los demás, les incita a la rebeldía y llama al desastre. Una esposa que toma las riendas de la casa, una hija que le hace ojos a cualquier mozo… Hay ciertos tintes caóticos que se encauzan bajo el flujo de una sola conciencia: la servidumbre. Son Dorina y Antonia quienes se llevan los aplausos finales porque son magistrales. No solo poseen una lengua afilada, son más astutas que todos los letrados que aparecen en escena; infinitamente más interesantes que las fugaces relaciones amorosas de las hijas de Orgón y Argán.

Hay que tener mucho descaro para admitir en escena que los señores de la casa no valen ni el escaso dinero con el cual pagan los servicios. Y ese es uno de los motivos que le permiten a Molière resguardar su puesto entre los clásicos de la literatura.

No obstante, probablemente la razón concreta por la cual las comedias de Jean-Baptiste Poqueline siguen leyéndose hoy en día se deba a la calidad de sus personajes, a pesar de su vileza y escasa densidad. Cualquiera de nosotros puede ser Argán u Orgón; cualquiera de nosotros puede desear ser Tartufo o Purgón; cualquiera de nosotros podría ser cualquier cosa, incluso un pobre diablo ingenuo.

Todos queremos engañar, no ser engañados; pero en el proceso podemos darnos cuenta que con frecuencia la gente nos engaña a nosotros.