jueves, 11 de febrero de 2016

Lady Chatterley


Sinopsis [Alianza Editorial]
Inválido de guerra, Sir Clifford Chatterley y su esposa Connie llevan una existencia acomodada, aparentemente plácida, rodeada de los placeres burgueses de las reuniones sociales y regida por los correctos términos que deben ser propios de todo buen matrimonio. Connie, sin embargo, no puede evitar sentir un vacío vital.

La irrupción en su vida de Mellors, el guardabosque de la mansión familiar, la pondrá en contacto con las energías más primarias e instintivas y relacionadas con la vida. La fuerte corriente relacionada con la energía sexual que recorre casi toda la obra de D. H. Lawrence encuentra una de sus máximas expresiones en El amante de Lady Chatterley, novela que se vio envuelta en la polémica y el escándalo desde el momento de su aparición.

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Lo más gracioso de leer «libros prohibidos» es que la mayoría de las veces el escándalo que produjeron en su época hoy se queda mudo. Sin embargo, comprendiendo el contexto puritano donde se originó esta novela, resulta comprensible que D. H. Lawrence haya sido víctima de ostracismo deliberado.

El amante de Lady Chatterley busca generar gran impacto en el lector, pero hoy se queda en simple intención. El único motivo para repudiar el libro es su componente sexual explícito; la infidelidad ha sido tema habitual en la literatura, no hiere sensibilidades mientras se mantenga en el papel. Y una vez retirada la etiqueta de novela polémica, la obra naufraga en un mar de sin sentidos donde la protagonista no sabe si hundirse en el barco o lanzarse por la borda para morir más rápido.

Connie es un personaje muy soso. No tiene encanto, no tiene aspiración alguna; lejos de pensar que actúa por amor (como la rubia Isolda) o por ansia de vivir algo más que una vida cómoda y rústica (como Emma Bovary), Lady Chatterley da tumbos entre hombre y hombre pretendiendo hacerse un lugar propio. Si tuviera que definirla en una frase sencilla: está muerta por dentro. Y quizás esto sea lo más destacable e impresionante de la novela.
Hay un ambiente de inconformidad absoluta, muy al estilo del siglo XX. No sólo está presente el tema del proletariado, que degeneró a la sociedad inglesa desde su raíz, sino que se adentra en un aspecto más profundo: el ser humano desea siempre la vida que no tiene.

El tono de Lawrence es melancólico, como si intentara recuperar algo perdido; es fácil distinguir su voz entremezclada con la de su protagonista, por lo cual el producto final nos revela un texto plagado de reflexiones ajenas al romance extramarital. Si algo caracteriza a El amante de Lady Chaterley es que ninguno de sus elementos parece ser homogéneo porque mientras intentan relacionarse y avanzar, caen en un abismo patético donde el final feliz (que debería ser una revelación, una realización) suena más que ridículo: imposible, irreal.

Considero que tiene breves momentos estelares, ligeros instantes que desaparecen dejando una falsa sensación de abrumo. No obstante, el sexo, el amor y la intelectualidad quedan reducidos a un simple adorno. Recuerdo que mientras leía escribí: «mi ardor por este libro es como la pasión de Connie: ambivalente»; mantengo esa idea, considero que esa palabra podría sintetizar perfectamente la novela de Lawrence.

No es una novela para todo el mundo, especialmente porque tiene demasiados matices vulgares. Hay un constante vaivén de emociones y pensamientos que te impide disfrutarla, pero tampoco te incitan a odiarla; hay cierto valor recluido que deshecha la posibilidad de considerarla una mala novela. Y realmente no sé qué efecto colateral puede producirle en la posteridad donde el culto literario poco a poco se muere y donde nos parecemos más a Constance Reid de lo que nos gustaría.