viernes, 22 de abril de 2016

La muerte (alegórica) de Christopher Boone


Argumento [Salamandra]
Su protagonista, Christopher Boone, es uno de los más originales que han surgido en el panorama de la narrativa internacional en los últimos años, y está destinado a convertirse en un héroe literario universal de la talla de Oliver Twist y Holden Caulfield. A sus quince años, Christhoper Boone, conoce las capitales de todos los países del mundo, puede explicar la teoría de la relatividad y recitar los números primos hasta el 7.507 pero le cuesta relacionarse con otros seres humanos. Le gustan las listas, los esquemas y la verdad, pero odia el amarillo, el marrón y el contacto físico. Si bien nunca ha ido solo más allá de la tienda de la esquina, la noche que el perro de la vecina aparece atravesado por un horcón, Christopher decide iniciar la búsqueda del culpable.

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Mi primera impresión sobre El curioso incidente del perro a medianoche (2003) fue: voy a adorarlo. Me gusta cuando los autores enfrentan realidades incómodas y escriben sobre temas desconocidos. Día a día nos topamos con gente que padece enfermedades, condiciones o trastornos sin siquiera darnos cuenta; el trastorno del espectro autista es uno de esos casos, quienes lo padecen son víctimas de la ignorancia colectiva que nos permite juzgar y perder la paciencia si alguien nos parece raro.

Reconoceré el trabajo realizado por Mark Haddon. Esta es una novela realista porque su personaje es real; no hay manías exageradas ni escenas que intenten explicar por qué Christopher Boone es extraño. La pregunta más recurrente que me hice a lo largo del libro fue cómo determinar si una persona no es normal, cuando su carácter y su forma de ver el mundo responden a una lógica superior a la tuya. Las etiquetas de común acuerdo son engullidas por el TEA, pues a veces lo inusual tiene sentido.

Lo mejor de El curioso incidente del perro a medianoche: no pretende jugar con la sensibilidad del lector sino presentar lo que concebimos extraño como algo normal. Porque sí, los días pueden ser negros dependiendo de la cantidad de autos amarillos vistos, la comida revuelta puede causar ansiedad e incomodidad, el tacto humano puede generar más que un disgusto leve... Y la ficción puede hacer tanto daño como una mentira.

Christopher es un buen personaje porque hay un trasfondo detrás de él; existe la intención de un autor por ser fiel y honesto con un tema que no carece de importancia. Desde ese punto de vista, es comprensible la cantidad innumerable de galardones que está novela obtuvo.

Yo creo que los números primos son como la vida. Son muy lógicos pero no hay manera de averiguar cómo funcionan, ni siquiera aunque te pasaras todo el tiempo pensando en ellos.
Ahora... ¿Qué pasa con el argumento?

No sé si habré malinterpretado las cosas, pero la edición que manejé (citada al inicio de esta reseña) vende el libro como una novela policíaca y de misterio, aproximándola incluso al público infantil. La propuesta era tremendamente seductora: un niño con problemas para relacionarse con las personas, que desea descubrir a un asesino. ¿Cómo no puede venderse bien? Todos queremos leer momentos incómodos y situaciones desagradables, todos queremos ser capaces de descubrir la verdad.

Sin embargo, todo lo que sale en la contraportada se evapora mientras vas pasando las páginas. El crimen no resulta ser más que una -terrible, lamentable y predecible- circunstancia y lo único que prevalece es una pareja rota (dos padres agobiados) por la responsabilidad de hacerse cargo de un adolescente demasiado diferente.

Esa chispa que hay en Christopher... Me da la impresión de que se va apagando paulatinamente. Leer su descubrimiento sobre la verdad se asemejó a un suicidio involuntario; hay algo que muere en él y no me atrevería a determinar qué (¿su inocencia, quizás?). Hay un punto donde ns preguntamos, ¿qué tiene de curioso el incidente a media noche, si al final la muerte del perro termina impune? ¿Será el asesinato de Wellington una muerte alegórica, el asesinato despiadado de un espíritu ingenuo? No me parece casual que ambos hayan sido víctimas del egoísmo adulto.

En retrospectiva, puede que si hubiese un crimen.

Confiaré, con un poco de vergüenza, que dejé de interesarme por cómo terminaba el libro. Lo terminé casi obligada, sintiéndome decepcionada, porque no había ningún hilo firme (o yo no lo encontré) que condujera las acciones; al final todo se precipitó, el mundo de la novela entra en un estado caótico donde la rapidez vale más que la eficiencia.


Creo que toda persona se verá obligada a encontrarse con este libro, ya que está concebido como un clásico de la literatura. Yo invitaría a cualquiera aproximarse a él, para que me explique el sentido del absurdo desenlace.