domingo, 27 de abril de 2014

Entre Londres y París

Esta Semana Santa fue de provecho porque me permitió, además de reencontrarme con Dios en la Iglesia, leer hasta cansarme. Una de las novelas que me propuse a terminar durante el mes de abril fue esta pequeña obra de Charles Dickens, el afamado escritor inglés de la era victoriana, debido al reto 10 joyas de la literatura. Ambientada en los tiempos de la Revolución Francesa, Historia de dos ciudades termina convirtiéndose en otra joya de la literatura universal por su peculiar estilo narrativo y la temática que abarca.



Argumento [Alianza Editorial]
El título Historia de dos ciudades hace referencia a París y Londres en los años sacudidos por los muchos y dramáticos acontecimientos que suscitó la Revolución Francesa. Tales son los polos de esta novela llena de acción y aventuras que salta de una orilla a otra del canal de la Mancha y que ofrece un vivo retrato del ambiente y los acontecimientos del París revolucionario dominado por la sombra de la guillotina. Entre los muchos y pintorescos personajes con que Charles Dickens (1812-1870) puebla sus páginas, sobresalen los de Charles Darnay y Sydney Carton, quienes, marcados por muy distintos orígenes y peripecias vitales, acaban fundiendo sus existencias como dos caras de una misma moneda.
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Aunque personalmente no conozco mucho el trabajo de este autor, me atreveré reconocer que es uno de esos escritores que tienen la mano pesada para las descripciones de ambientes y personajes pero que maneja el hilo conductor de la historia con cierta simpatía y facilidad. Una mezcla de aspectos que, en ciertos momentos, se vuelve tediosa.

Lo que más me llamó la atención de ella es que, realizando una investigación preliminar, me encontré con opiniones vacuas y extrañas sobre ella. Principalmente, no es una obra que cualquier persona puede disfrutar porque más que ser una novela de entretenimiento es una novela histórica narrada con una crudeza y extrema donde los sucesos relatados y las opiniones personales de Dickens se entremezclan. Este tipo de historias no son para los que aman literatura juvenil o rosa, definitivamente.

El inicio es verdaderamente épico, una introducción que grita: A continuación leerás algo de vital importancia, debes prestar mucha atención si quieres entenderlo y valorarlo. Semejante al cierre del mito de las razas y las edades en Trabajos y Días (Hesiodo), casi parece una pronunciación profética que a lo largo del libro se repetirá hasta dejarte boquiabierto. Casi parece gracioso, de forma irónica y terrible, que una historia ambientada en los tiempos de la Revolución Francesa sean tan similar a los tiempos en los que nos desenvolvemos.  ¡Y pensar que aún existen ilusos que creen en la idea de que el pasado no puede volver a repetirse!

Historia de dos ciudades, dividida en tres partes, tiene como eje conductor a la familia Manette: el doctor Alejandro Manette, inducido a la locura por el encierro injusto al que fue sometido en Francia, y su hija Lucía, un tierno ángel ajeno a la maldad terrenal que sufre y ama paralelamente. Tenemos, a su vez, personajes del estilo de Carlos Darnay, aristócrata francés que huye a Inglaterra para formar una nueva vida (casualmente con Lucía) y Sydney Carton, un hombre sin escrúpulos cuya vida carece de sentido y entereza. Ellos cuatro, en conjunto con el matrimonio de taberneros, los Defarge, son quienes conducirán la novela revelando una serie de sucesos históricos aterradores y sanguinarios que son consecuencia del constante abuso por parte de la nobleza de la época.

Wikipedia, una fuente veraz para consultar elementos de las obras, afirma que esta novela narra la contraposición de dos ciudades: París y Londres, que representan el caos y la guerra y el orden y la paz respectivamente. Yo difiero de esta calificación, aunque he de concordar con el hecho de que la historia transcurre en las capitales de Francia e Inglaterra; más que representar el caos y el orden, estas dos ciudades representan los dos caminos a elegir que tiene la sociedad de aquel entonces: una opuesta al abuso y otra fiel a las costumbres, una que abandona la humanidad para tomar venganza con sus propias manos y otra que sortea los obstáculos en búsqueda de la prosperidad sin tener que incurrir a la anarquía. No coloca a Inglaterra junto a Francia, la coloca sobre ella.

Creo que Dickens sabía bien lo que hacía. Lejos de querer sustentar las razones por las cuales el pueblo francés se rebeló, quiso mostrar hasta donde fueron capaces de llegar por sacudirse a la monarquía. Esos relatos fabulosos que hablan de revolución, de democracia, de esperanza quedan sepultados bajo las metáforas extraordinarias del escritor de Canción de Navidad. Se quedan cortos, irreales, falsos. Este es un pueblo forjó la república mientras bañaba de sangre las calles, cortaba cabezas a diestra y siniestra y colgaba de los faroles a los antiguos dirigentes. Francia arrasó con Francia.

Supongo que todas estas reflexiones que me entregó la novela me agradaron, pese a su carácter tétrico y oscuro, porque son fácilmente adaptables a la actualidad. Reconocerte en un libro, en la realidad de esa historia, causa un impacto en ti, en tus ideales, en tus pensamientos. De alguna manera me recordó mucho a Ciudad abandonada en el fondo de mi corazón, de Laura Antillano, porque se presenta como la colección de viñetas (largas viñetas) y por determinados instantes parece que no hay orden o coherencia entre ellas. A veces sientes que las historias se perderán en el espacio. Y antes de darte cuenta, conociste a todos los personajes y la vida de ellos empieza a transcurrir ante tus ojos, superponiéndose unos sobre otros.

El cruce de personajes provoca el cruce entre las historias de cada uno, que crean una enredadera de jardín completa con rosas y espinas. Lucía florece en ella como la flor más bella, adorada no solo por su padre sino también por Carlos Darnay y el taciturno Sydney Carton, mientras es vigilada por los odiosos Defarge, que parecieran querer hacer miserables a cualquiera con tal de conseguir lo que desean. Son personajes que tienen su espacio respectivo en la obra, no sobran ni estorban en ningún instante y la escena donde Lucía trabaja “el hilo de oro” evidencia esto.

Entre mis episodios favoritos está la representación de la guillotina como la primera dama de Francia; la conversación magistral sobre el amor y el afecto entre Carlos Darnay y el doctor Manette; la confesión amorosa de Sydney Carton a Lucía Manette, que casi me produce ansiedad; y, el mejor de todos, el maravilloso final donde Darnay y Carton se intercambian en la prisión, que conduce a un extraordinario final capaz de competir al extraordinario principio.

Tengo que afincarme en estos últimos personajes, añadiendo que de todos fueron los que más me gustaron. Son como dos prototipos de hombre; Darnay, aristócrata y decente, y Carton, un simple hombre que se ha ganado un lugar en la sociedad trabajando para otros y que carece de delicadeza. El hecho de que se parecieran físicamente, que estuvieran enamorados de Lucía y que se sacrificaran por causas opuestas que convergen en un mismo punto habla de cuanta importancia tienen estos dos para la trama. Efectivamente, con ellos concluye la historia.

Para finalizar, añadiré que es una novela rica en descripciones (las del período de batallas, en Bastilla, son las mejores) y recursos literarios, con romances ligeros y extravagancias propias de la época. Tiene sus declives, que te hacen querer dejar el libro, y sus momentos estelares. Se disfruta, aún más, cuando faltan pocas páginas para terminarla y causa una grata sensación cuando te percatas que has leído uno de los clásicos más afamados de la literatura universal.

Cita favorita
Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.