martes, 19 de noviembre de 2013

Todo fluye, nada permanece

Es difícil darse cuenta de que el tiempo pasa factura sin considerar qué tan lleno está el bolsillo. No tengo la seguridad de que hayan pasado más de cinco meses (quienes me conocen saben que soy mala con las cuestiones matemáticas y no pretenderán que cuente los días exactos) desde que me gradué del colegio, pero la persona que se subió a una tarima para recibir el título de bachiller es muy diferente a la que pretende recibir el nuevo año en diciembre.

A lo largo de nuestra vida somos víctimas de ladrones de sueños, de tiranos pesimistas, de imposiciones ajenas. Vivimos cercados por las expectativas de lo que quieren que seamos, sin tener la certeza de quienes somos realmente. Nos limitamos a analizar el panorama que otros dibujan sin tener el coraje de coger el pincel. Mas lo cierto es que constantemente hay un aspecto que juega las cartas de la baraja en nuestro lugar, por debajo de la mesa y pasando desapercibido: El Cambio.

Todos somos propensos a sufrir transformaciones. Con cada minuto que pasa envejecemos, con cada experiencia ganamos sabiduría, con cada encrucijada se abren caminos; y es por esa razón, al menor resquicio de oportunidad buscamos representar el papel de nuestras vidas. Y el resultado es un collage repleto de ideas, expectativas, ilusiones y decisiones surgidas durante la transición.
Es gratificante cambiar, sobre todo cuando no se es consciente de que el pasado se va quedando atrás para cederle espacio al presente. Sin embargo, cuando nos percatamos de que los buenos momentos se escapan lentamente acostumbramos a darle la espalda al futuro para escavar en los recuerdos, intentando encontrar los soportes que alguna vez nos sostuvieron en pie.

De semejante modo estuve ayer a la mitad de la noche registrando viejas fotografías que iba recuperando en Facebook (¿Los beneficios de la tecnología?). Empezó como un juego tonto donde me reía de publicaciones que hice hace años y terminé registrando los perfiles de varios de mis compañeros de escuela para envolverme de todos los sentimientos que para ese entonces tenía. Y mientras más rostros conocidos veía, mientras más atrás iba… Me di cuenta de que no me reconocía ahí y tampoco podía hacer lo mismo con mis amistades.

Éramos un grupo de niños con cachetes gordos y sonrisas en los labios unidos por un compañerismo torpe y afectuoso. En la promoción tuvimos amistades de años (algunos se conocieron cuando aún usaban pañales, ¿No?), romances bellos y romances desastrosos, convivencias religiosas convertidas en sesiones de fotos y fiestas por montones. Había tantos momentos retratados que me dio nostalgia repentina y me sentí perdida porque recordé que no sabía absolutamente nada de nadie, que la pequeña que solía pasar los recreos entre amigos ahora era una mujer cuyas responsabilidades se remitían a un mundo real.

Comprendí que cada quien había tomado su rumbo, que todos hemos cambiado. No significa que los lazos se hayan quebrado de un día para otro a causa de la universidad (sería estúpido decirlo), significa que nuestros intereses ya no son los mismos. Han empezado a construir un proyecto de vida, han comenzado a decidir por ellos cual será el siguiente capítulo.  Y eso no implica que no podamos extrañar aquello que se fue, que no tengamos derecho a creer que puede recuperarse.

Anoche tuve una cita con mi pasado. Es verdadero que nada de lo sucedido antes volverá a ocurrir, como también es cierto afirmar que no soy la misma de antes ni retornaré a serlo. Sin embargo, ¿No es bueno volver el rostro para rebuscar entre las memorias aquello que nos dio impulso para avanzar en los momentos más difíciles? ¿Qué de malo hay en querer revivir la sensación de apoyo que nos brindaban esas personas importantes?

Me causó gracia porque terminé acatando las últimas palabras que pronuncié en el discurso de graduación: “(…)probablemente no coincidiremos nunca más, pero espero que en momentos de soledad cuando sientan desánimo  puedan evocar todas esas memorias, experiencias e historias que hoy nos unen.” Y la verdad es que no me arrepiento de haberlas dicho, porque cuando pienso en mi promoción me siento en familia.

Tuve un grupo de mejores amigas que lo significaron todo; mis hermanas, mis confidentes, mis compañeras de juegos. ¿Hay alguna cosa que no supiéramos las unas de las otras? Desde salidas al cine hasta las conversaciones a media noche, vivía dispuesta a recolectar momentos con ellas. Son las responsables del carácter matriarcal que tengo, son las responsables de hacerme creer que puedo con todo lo que intente aplastarme. Son la inspiración que necesité para continuar cuando mi vida parecía convertirse en un agujero negro.

También conseguí enamorarme de una persona especial a quien tuve el lujo de conocer desde pequeña. El mejor amigo que pude encontrar, mi punto de apoyo la mayor parte de las ocasiones, pieza fundamental de mi mundo. Es quien me inspira a convertirme en una mejor persona porque cree fieramente en lo que deseo ser; me lleva a pensar que el mundo es inmenso y que puedo tenerlo en mis manos. Con él todo resulta correcto.

¿Cuántos de nosotros no tuvimos esas conexiones? ¿Quién no ha tenido personas que lo mantienen atado a la realidad? ¿Quién puede restarle importancia a ese fragmento esencial del pasado?

No tengo muy claro que me guio a escribir esta pequeña entrada; solo sé que apenas vi las fotografías tuve la sensación de que me hacía falta verlos nuevamente y saber de ellos. Como si hace muchísimo tiempo no hubiera dormido en mi casa y necesitara hacerlo. Aunque no sepa realmente quienes son ahora, aunque no entienda qué tipo de planes tienen en mente, aunque no tenga la certeza de a cuál rincón del mundo fueron a parar… Es importante para mí decir que son parte de mis cambios, que les debo en lo que me convertí y que los recordaré de esa manera por siempre.


"Todos los cambios, aun los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía"

Anatole France

~~~

*El título de la entrada hace referencia a la frase de Heráclito de Efeso, filósofo griego (540-470 a. C.)