miércoles, 28 de septiembre de 2016

Como dios en la nada


La obra poética de Blanca Varela (1926-2009) está plaga de elementos que evocan el escepticismo, el desengaño, la frustración, la soledad y la melancolía; siendo estos los más resaltantes, está presente también un profundo cuestionamiento no solo de la existencia individual del hombre sino del lenguaje como testigo y perito de la realidad, pues es solo a través del poema donde este adquiere su máxima expresión y permite acceder a la verdadera esencia de las cosas. 

Las fuentes artísticas de Blanca Varela, no son pocas y es necesario buscarlas en la pintura, en la escultura, en la literatura; se trata de una exploradora adelantada que se despoja de los accesorios, aventajándose a los grandes maestros “como el árbol que busca madurar, impone la distancia” (Castañón, 1996). Frecuentó diferentes círculos artísticos, próximos a poetas como Carlos Martínez Rivas y Octavio Paz, por lo que su poesía se vio constantemente nutrida. 

En síntesis, su poesía es una recopilación de su propia experiencia, es decir, la fábula de un proceso que nace en el escepticismo, en la duda, en la sospecha de que lo percibido y conocido puede ser simplemente una ilusión. 
A raíz de la pérdida de cualquier certeza, el desengaño se erige como el protagonista de sus poemas porque es en él donde encuentran convergencia el violento (auto)ostracismo y la melancolía de una inocencia interrumpida, dos castigos que considera son una condena inevitable. 

Versos como "tal vez no soy nada / solo el insomnio y la brillante indiferencia de los astros" (Varela. Escena final, p. 20) o "Comienza la gran luz, / todas las puertas ceden ante un hombre / dormido, / el tiempo es un árbol que no cesa de crecer” (Varela. Así sea, p. 15) reflejan la soledad y la melancolía como epicentro de una obra que encierra la férrea conciencia de que es imposible la durabilidad y que, por consecuencia, ni siquiera el hombre -el gran objeto y sujeto de la historia- es trascendental. 

Puede que Varela esté guiada por la creencia de que no existe nada en la realidad capaz de recompensar la orfandad a la que nos condena el desengaño propio de la nulidad de nuestra existencia; nada excepto la poesía, como bien manifiesta en siguiente fragmento del poema Historia (Varela, p. 23): 
creer no es importantelo que importa es que el aire mueva tus labioso que tus labios muevan el aireque fabules tu historia tu cuerpo.
Fabular la historia, que se convierte en el sinónimo del cuerpo y un guiño a la memoria y a la identidad del individuo, implica (re)construir al hombre mediante la palabra. 

Si "Poema es mi cuerpo/esto es poesía" (Varela. Dama de blanco, p. 19), existe otra realidad donde el lenguaje -moldeado y construido por mí, a mi conveniencia y gusto- materializa el carácter inmaterial de la existencia, de la soledad humana; si el poema unifica estados, también materializa y representa un cuerpo hecho experiencia por efecto del lenguaje. Si “el cuerpo aparece como laberinto, como un espacio por donde se adentra el yo, contra el cual se topa, lucha, en el cual se pierde y finalmente se encuentra” (Salazar, p. 6), el cuerpo que se esboza en el poema no solo es la voz poética convertida en un ente palpable, consistente, identificable; es en igual magnitud la fuga por donde se escapa la perdurabilidad, inconsistencia e indefinición de quien escribe.

Hay una conexión imborrable entre la voz poética y la poeta, porque ambas convergen "en la humedad del guisante, /  en la hinchazón de la ola / en el sudor de la raíz" (Varela. Vals, p. 8), es decir, en el espacio donde todas las cosas son una: el poema. 
Un poemacomo una gran batallame arroja en esta arenasin más enemigo que yo
yoy el gran aire de las palabras(Varela. Ejercicios, p. 20)
Esta dialéctica es una muestra de la apertura del Yo hacia su propia nulidad, un (re)descubrimiento del individuo para poder esclarecerse como sujeto que se sabe objeto insignificante. Recréate, piérdete, búscate y reconócete.... son palabras muy empleadas en la poesía de Blanca Varela, palabras que remiten a una acción que inicia y acaba en el ser, esa "isla que avanza sostenida por la muerte" y esa "ciudad ferozmente cercada por la vida" (Varela. Escena final, p. 20).

La conciencia que se esconde en los versos de Varela es paradójica  y controversial porque propone una trascendencia desde la unidad de lo material (el cuerpo, encarnado en la poeta) y lo inmaterial (el alma, encarnado en la voz poética), mediante su capacidad de construirse a base de palabras que rozan la frontera compartida con el silencio. 

Las fronteras dejan de ser frontera para convertirse en un lugar común, el espacio donde el proceso, la metamorfosis, la búsqueda empiezan y terminan. Se trata de la exploración del Yo por medio del mismo Yo, con la intención de alcanzar la revelación que nos deslinda del engaño que involucra ser parte de esa realidad engañosa e ilusoria; porque solo estando "mi alma contra mí, / golpeando mi piel, / hundiéndola en el aire, / hasta el fin" (Varela. Fuente, p. 22) puedo encontrarme. 

Referencias 
Castañón, Adolfo (1996). Blanca Varela: La piedad incandescente. Proyecto Patrimonio, Archivo Blanca Varela. [http://www.letras.s5.com/index.html]

Salazar, Ina (2011). Jorge Eduardo Eielson y Blanca Varela: reescrituras místicas desde una modernidad desmiraculizada. Universidad de Sobonne, París IV. (p. 5, 6, 8)

Varela, Blanca & Julián, Aquiles (2009). Secreto de familia y otros poemas. República Dominicana: Biblioteca digital de Aquiles Julián, muestrario de poesía 42. (p. 8, 15, 19, 20, 22, 23)