miércoles, 17 de agosto de 2016

La dama de las camelias


Argumento [Mondadori, 2011]
La dama de las camelias es una de las novelas más populares de todos los tiempos. Adaptada al teatro y al cine innumerables veces, inspiró incluso una de las óperas más celebradas del XIX: La Traviata, de Giuseppe Verdi. La obra cuenta la imposible historia de amor entre Armand Duval, un apuesto joven de alta alcurnia, y Marguerite Gautier, una bella y angélica cortesana. Juntos tratan de desafiar las rígidas convenciones sociales de su tiempo, entre el esplendor y la hipocresía del París de 1840.

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Resulta innegable que los libros inspirados en eventos “reales” llaman la atención del público, por lo cual el éxito de La dama de las camelias (1848) se debe, en un principio, a la figura de la cortesana Marie Duplessis. Esta novela, escrita por Alexandre Dumas (hijo), evoca el rostro grotesco de la decadente sociedad parisina del siglo XIX y representa, dentro del ámbito literario, una especie de transición entre el romanticismo francés y el realismo. Sin embargo, para un lector moderno La dama de las camelias no depende de las etiquetas atribuidas por el canon, sino de la transparente historia que encierra.

A pesar de las confesiones de Dumas sobre la veracidad de los acontecimientos, Marguerite Gautier adquiere en el texto una independencia extraña. Nos sometemos a múltiples narraciones (la del narrador, la de Armand, la de Julia Duprat…) que nos permite vislumbrar el espíritu errático y quebrado de una joven hermosa; y solo a través de escuetas cartas insertadas entre párrafos logramos conocerla a profundidad. Allí es donde su voz se escucha sin ser eclipsada por el amor, la envidia, la pasión o el dolor.

La señorita Gautier se mantiene impoluta a pesar de su profesión, se lleva a la tumba más que la belleza y la juventud: su verdad. Si bien Dumas construye en ella una idealización de la relación íntima compartida con Marie Duplessis, Marguerite se erige como una heroína semejante a Emma Bovary para ser el eco de una degradación social progresiva que la condenó a morir entre bienes empeñados.
Ya empiezo a estar harta de ver sin cesar a esa gente que viene a pedirme lo mismo, que me pagan y que se creen en paz conmigo (…) te crees todo lo que oyes, pues la prostitución tiene su fe, y el corazón, el cuerpo, la belleza se te van desgastando poco a poco; te temen como a una fiera, te desprecian como a un paria, estás rodeada de gente que siempre se lleva más de lo que te da, y un buen día revientas como un perro, después de haber perdido a los demás y haberte perdido a ti misma.
El amor entre Armand y Marguerite es una excusa para relatar una serie de vicios bien encarnados en Prudence Duvernoy, el Conde, Olimpia, Gastón, etc. La maldad tiene diversos rostros y poco a poco consume la pureza de los sentimientos que comparte la pareja hasta anularlo. Dumas tiene la intención de hacer una fuerte crítica a las injusticias de su época, lo declara al finalizar: “no soy apóstol del vicio, pero me haré eco de la desgracia noble donde quiera que la oiga implorar”. Y solo la muerte, como acto de redención, logra entrelazarlos porque vendidas las joyas, los choches, los vestidos y demás a Marguerite solo le queda en el mundo una tumba cubierta con miles de camelias y las lágrimas de un hombre cuya última carta le declaraba “no soy lo suficientemente rico para amarla como yo querría, ni lo suficientemente pobre para amarla como querría usted”.

Lo más bello de esta obra es que no necesitó grandes detalles estilísticos para ser escrita y, además, inspiró piezas teatrales, películas, canciones, etc. La narración es hermosa, mas no recargada; las escenas fluyen sin interrupciones y atrapan al lector en la red infame de una triste historia. Dumas seduce por su sinceridad, que vale mucho más que una extravagante calidad literaria.
Compadecemos al ciego que nunca ha visto la luz del día, al sordo que nunca ha oído los acordes de la naturaleza, al mudo que nunca ha podido expresar la voz de su alma, y, so pretexto de un falso pudor, no queremos compadecer esa ceguera del corazón, esa sordera del alma, esa mudez de la conciencia…
Si La dama de las camelias posee una moraleja, diría que le exige al hombre desapego por lo material, es una apelación a lo que nos convierte en seres humanos: sensibilidad por el otro, consciencia de que cada acción repercute en alguien -tal vez- ajeno a mi entorno. Temiendo sonar cursi, considero que esta novela habla sencillamente del amor; no un amor carnal y apasionado, sino uno escondido en las profundidades del alma, pues “el amor verdadero siempre nos hace mejores; cualquiera que sea la mujer que lo inspira”. Marguerite anhela ser amada como todos desean ser amados; lo más doloroso es verla sucumbir ante la enfermedad sin abandonar la esperanza de volver a encontrarse con Armand. Una cara de la novela nos muestra la injusticia; la otra, nos habla del sacrificio.

Referencias
Dumas, Alexandre (hijo). La dama de las camelias. Madrid: Edimat, 2001.