sábado, 5 de julio de 2014

De perspectivas y decisiones

Lo primero que pasa por mi mente ante la idea de escribir un comentario sobre Memoria del Silencio es que no importa cuantas líneas conformen este escrito, jamás podré darle una clasificación justa ni clara. Supongo que lo más difícil es tener que ser objetivo y profesional cuando en realidad tienes una maraña de emociones atosigándote en el interior, cuando el impacto que una representación de dos horas causa en ti debido al tema que engloba es terriblemente fuerte. Dicho esto, tendré que resumir el trabajo de Uva de Aragón (escritora de la novela) y Virginia Aponte (directora de la obra teatral) en una simple palabra: extraordinario.

Folleto de la obra para el período de presentación en la UCAB (Montalbán)


Arrepentida por no haber leído esta discreta novela cubana (más por el hecho de que no se consigue en ningún lado que por otra cosa), me toca referirme únicamente al maravilloso trabajo realizado por el elenco y el equipo técnico, que con una sencillez asombrosa plasmaron en el escenario las virtudes y vicios de Menchu y Lauri, dos hermanas que tras cuarenta años se reúnen para reponer tiempo perdido. No hay ni un solo detalle fuera de lugar, no hay momento donde la luz, la música y la actuación no estén apoyándose recíprocamente, no hay instante donde el espectador se sienta ajeno a la historia. Es imposible no ubicarse en una de las dos caras de la moneda y creo que la belleza de la obra está precisamente en este punto.

Me atreveré, entonces, a decir que esta obra no tiene precedentes. La gama de temas que toca, algunos de manera sutil y otros de forma cruda, es impresionante; mas lo que le añade un toque de originalidad es que no muestra una sola perspectiva. Normalmente estamos tan enfocados en defender y explicar aquello en lo que creemos que no volteamos a ver a quien no comparte las mismas ideas; y mucho menos respetamos la posibilidad de que otro tenga la razón o parte de ella. Es verdaderamente complicado entender que no todos somos iguales, que no queremos lo mismo, que las concepciones del mundo son variadas y no por ello erróneas. Por esto, tener la oportunidad de vislumbrar los dos ejes drásticos reflejados en Robertico (esposo de Lauri) y Lázaro (esposo de Menchu) es un suceso incomparable.

No es una obra que habla solo de quienes tuvieron que irse, sino también de quienes quisieron quedarse. Es la historia de una Cuba tan dividida como la Venezuela de estos días, una Cuba que desea pronunciarse y hacerse valer. Es, simplemente, Cuba dibujada con precisión y dolor. La melancolía que atraen los recuerdos, la tristeza de aquello que fue y aquello que no fue, la impotencia de estar obligado a representar uno de los extremos son elementos muy transparentes en la representación que te llevan a pensar hasta qué punto la diferencia de ideales puede quebrar no solo el equilibrio de una sociedad sino la vida de una familia.

Es una historia que progresa continuamente porque con cada conversación se van limando las asperezas entre Menchu y Lauri, quienes no desean recordar lo peor de sus vidas: la separación a la que prácticamente fueron obligadas. Tras la verborrea revolucionaria de Lázaro y la posterior decepción que siente al ver cómo sus ideales son mancillados y manipulados y la divagación indignada de Robertico ante el fallo de los planes de liberación, la discusión de ambas hermanas alcanza un punto de equilibrio que refleja necesidad, alivio, afecto y paz; conocer y aceptar las perspectivas es fundamental para promover el entendimiento, la tolerancia y el respeto entre todos. El radicalismo del sistema y de quienes se le oponen nos vuelve propensos a sufrir una separación definitiva porque al final del día terminarán valiendo más las diferencias que el amor; entonces nos tocará decidir quién queremos ser: Lauri y Menchu o Robertico y Lázaro.

"Escribir la novela Memoria del Silencio fue una experiencia liberadora, que me preparó no solo para regresar a Cuba tras cuarenta años de exilio sino para volver una docena de veces más con el corazón abierto, aunque nunca sanen del todo las heridas del desgarramiento y las ausencias. El tiempo perdido, aprendí, se recupera en la memoria."
Uva de Aragón
8 de febrero del 2014